No dejes de mirar

Despedidas | Crítica

El nuevo libro de Julian Barnes, con el que según ha anunciado se cierra su bibliografía, explora los temas del amor, la amistad, el envejecimiento y la muerte a través de la memoria

Julian Barnes (Leicester, 1946).

La ficha

Despedidas. Julian Barnes. Trad. Jaime Zulaika. Anagrama. Barcelona, 2026. 216 páginas. 19,90 euros

Notamos que envejecemos porque muchos de los autores de los libros que aparecen en los diarios o los boletines de novedades sólo nos suenan o no nos suenan de nada, en tanto que aquellos con los que nos hemos criado, como quien dice, se van muriendo o como aquí Julian Barnes se despiden de la literatura, para evitar –lo señala él mismo– que el final los deje con una historia a medias. La publicación de Departure(s) ha coincidido con el octogésimo cumpleaños del narrador de Leicester, que según refiere en estas páginas padece una enfermedad –diagnosticada durante el confinamiento– “incurable pero tratable… como la vida”. El libro tiene una estructura aparentemente deslavazada, como de recuento acompañado de anotaciones casi diarísticas, pero resulta bien reconocible por el estilo y por los temas de los que trata, siendo en este sentido, como se ha dicho, una especie de suma donde reaparecen los suyos de siempre: el amor, la amistad, el envejecimiento o la muerte, explorados a través de la memoria, base de la identidad, y los mecanismos de la creación, que los manipula al convertir la vida en literatura.

Despedidas comienza como una especie de ensayo autobiográfico, en la primera de sus cinco partes, que sin dejar ese registro incluye en dos de ellas una historia –una “historia dentro de la historia”– de la que el narrador ha sido testigo y hasta cierto punto coprotagonista. El elemento común se refiere justamente a la memoria que a menudo parte de los recuerdos involuntarios, conforme al consabido modelo de Proust, y en los casos más extremos, raros pero documentados por los neurólogos, se generarían de forma permanente e incontrolada como le ocurre –Barnes podría haberlo citado– al desdichado Funes de Borges, paradigma del don convertido en tormento. Pero la aproximación clínica deja paso a la cavilación metaliteraria cuando se habla de los recuerdos no fiables, inconscientemente reelaborados y sometidos a la imaginación que los altera y reconfigura, sustituyendo la vivencia real por un relato que nos deja –lo sabemos por otras narraciones del propio Barnes– en mejor lugar de lo que merecemos.

Antes de marcharse, el narrador se despide sin aspavientos, con serena elegancia

La historia interpolada presenta la relación sentimental interrumpida y retomada de sus amigos Jean y Stephen, compañeros de la universidad a los que Barnes presentó en su juventud y con los que después de que se separaran no volvió a encontrarse. Ambos estuvieron juntos en dos periodos separados por cuatro décadas, la primera vez cuando eran veinteañeros y la segunda ya sexagenarios. El narrador reflexiona sobre el modo en que relata –incumpliendo su promesa de no hacerlo– sendos desencuentros, el primero a partir de recuerdos lejanos y el segundo, más reciente, también a partir de notas escritas. Uno de los amigos, ella, franca y combativa, la misma que afirma que la felicidad no le hace feliz, le reprocha al escritor “esa cosa híbrida que haces…”, en referencia a la mezcla de ficción y no ficción que caracteriza este libro y otros suyos. Y Barnes se responde más adelante: “A mi juicio, no hay problema en falsear el contexto si uno respeta la veracidad central, fundamental de la historia”. Al hilo del amor y de la literatura, de la vida y la muerte, el narrador deja observaciones muy sabias pero libres de grandilocuencia.

“Este será definitivamente mi último libro, mi despedida oficial, mi postrera conversación contigo”, escribe Barnes, con el tono de confidencia amistosa que ha usado desde el principio. Hay pasajes bienhumorados como los dedicados a la imposibilidad de hacer “nuevos viejos” amigos, el deseo de conocer lugares exóticos o la patética convivencia entre un anciano y un perro viejísimo, de nombre Jimmy, pero el libro está atravesado por una suave melancolía de senectud, asociada a la inevitable “conciencia del declive”. Como sugiere el título original, morir será partir, pero sin llegar, puesto que ese último trayecto no conduce “a ninguna parte”. Antes de marcharse, Barnes se despide sin aspavientos, con serena elegancia. Ha evocado las palabras como broches que cierran algunas vidas y no tiene ninguna frase preparada, pero cuando llega el momento –“espero que hayas disfrutado de nuestra relación a lo largo de los años”– le sale una perfecta: “No, no dejes de mirar”. Dos veces la dice, un buen consejo y un gran final.

Francofilia

Entre los narradores británicos de la generación de los ochenta, McEwan, Martin Amis, Kureishi, Ishiguro, Rushdie y compañía, Julian Barnes fue desde sus inicios el más francófilo o afrancesado, lo cual quiere decir también el más europeo, no en vano ejerció de significado remainer cuando la crisis y el desastre del Brexit. Lejos de las generalizaciones indocumentadas de esos ingleses –véase la hilarante parodia del nacionalismo patriotero en Inglaterra, Inglaterra– que piensan que todo lo que existe más allá de las Islas es sin más el Continente, Barnes ha demostrado una familiaridad de gran conocedor en obras como la deliciosa El loro de Flaubert, con la que por cierto inició su literatura híbrida, los ingeniosos cuentos de Al otro lado del Canal –que tan bien ejemplifican las atracciones y los cómicos malentendidos entre franceses e ingleses– o El hombre de la bata roja, donde siguió los pasos del cirujano y ginecólogo Samuel-Jean de Pozzi para trazar un memorable retrato de la Belle Époque parisina. Hijo de profesores de francés, el “adolescente inglés de barrio”, como se define en Despedidas, estudió lenguas modernas en Oxford y residió un año en Rennes, en vísperas del 68, experiencia de la que nació en parte su primera novela, Metrolandia. En este libro postrero, además de Proust, comparecen Baudelaire, Rimbaud y Mallarmé, mostrando una vez más, la última, su vieja predilección por los simbolistas.

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