Poderoso algoritmo contemporáneo

07 de marzo 2026 - 03:09

En primero, supimos que un algoritmo es una receta para resolver un problema. Tenía una lógica; un principio y un final, y una sucesión matemática de pasos entre uno y otro. El algoritmo contemporáneo es infinitamente más poderoso; es la forma en que los demiurgos de internet identifican y rentabilizan tu perfil de consumo y más allá, con la ayuda de los buscadores (Google, mayormente) y las redes sociales que utilizas. En pocas décadas, hemos pasado de ser “enanos en los hombros de gigantes” –que dijo Bernardo de Chartres– a ser sólo enanos. De utilizar el conocimiento de pioneros a servir de objetivos desavisados del hipermarketing.

Algoritmo debe su nombre a un matemático persa del siglo IX, Al-Juarismi. Sigue siendo un procedimiento lógico, pero ya no se trata tanto de optimizar una programación productiva, sino de clasificar a cada persona, y a sus tribus o segmentos de mercado. Los creyentes de la almadraba digital te dicen que estos prodigios te ayudan a consumir y a decidir sobre viajes o inversiones. Por contra, los ateos de internet, pero igualmente enganchados a ella, se creen observados y pastoreados hasta niveles de Black Mirror (serie de tele de pago que te los pone de corbata, en este orden de cosas). No hay duros a cuatro pesetas, y el mero uso del móvil reporta tu vida gratuitamente a la UCO de Silicon Valley y otras provincias del imperio tech; qué sabe uno si China, o las logias de espionaje, como la israelí Pegasus. Uno, digo, escribe estas cosas con una sensación de viejuno que es mayor que el miedo a ser espiado. Da alguna calma ser un donnadie, bien mirado y con resignación.

A veces el algoritmo y sus cookies te asombran por errar el tiro como escopeta de feria. A mí me llegan una y otra vez propuestas y circunstancias que me cogen de lo más retirado. Últimamente, no paran de saltarme vídeos de riadas de ricos montañeros subiendo al Everest, oxigenados y servidos por escuderos nepalíes que les hacen de porteadores. A pesar de esas extrañas faltas de tino, el algoritmo no entiende de casualidades, ni pierde el tiempo, o eso diría yo. Y si me manda escenas de esos grupos que se obstinan por llegar a lo más alto del mundo en rebaño, dejando atrás a muertos ataviados de gore-tex a su paso, será porque yo soy pequeño objeto de su infinito deseo. Miro esas escenas con pasmo, y deduzco que la computación todopoderosa se huele que soy capaz de comprarme una chaqueta que ya la hubieran querido para sí Edmund Hillary y Tenzing Norgay, primeros humanos en alcanzar la cima del Everest. Una prenda como las que llevan esos seres humanos que van en cordada como reses a un sitio que ha dejado de ser un desafío de aventureros, para ser carne de cámara y, así, otro nicho de mercado de los algoritmos y sus ordeñadores. El tiempo que pasas viendo ese alucinante espectáculo, o a una orca comiéndose a un jabalí, produce dinero para alguien. Alguien que te observa cuando observas. A cambio de la inagotable, lucrativa y multiforme oferta de imágenes ajenas y llamativas o generadas artificialmente, gozamos de Facebook, Instagram, mensajería instantánea o aplicaciones de toda laya. De lo cual no cabe quejarse sin caer en el patetismo. Nadie te obliga, sólo te engancha. (Manolo Morera, monologuista gaditano: “No me enfado, pero me da coraje”.)

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