¡Y el chiquichiqui se baila así! ¡Uno, el PIB! Estados Unidos, China y Europa son las tres grandes potencias económicas del mundo, pero Europa es la tercera. Las diferentes legislaciones nacionales, las formas tan dispares de entender el mundo y las complejas relaciones entre sus veintisiete miembros hacen que nuestros competidores nos contemplen sonriendo mientras comen palomitas. Esto lo sabemos también nosotros y mientras algunos países crecen bien alimentados otros sobrevivimos al euro como podemos, porque ni siquiera con más protección social nos salen las cuentas.

¡Dos, nuestra edad! El viejo continente es más viejo que nunca. Una tremenda crisis demográfica nos aboca a apagarnos a la sombra de una pirámide poblacional plagada de ancianos a los que mantener sin niños que esclavizar para ello. De no reaccionar a tiempo todas las sociedades europeas carecerán de mano de obra y, lo que es peor, de cabezas pensantes y talento capaz de reflotar la economía.

¡Tres, la inmigración! Esta es siempre una oportunidad, pero cuando esta crece exponencialmente o tiende a superar a la población de acogida hablamos de otra cosa. Es este un tema peliagudo y siempre salpicado con gotas de racismo, pero sin hijos no queda más remedio que recurrir a otras manos y otras espaldas más pobres a las que seguir pagando por debajo del umbral de la pobreza para seguir elevando el umbral de nuestra frágil codicia.

¡Cuatro, la libertad! Todas estas variables no hacen sino incrementar el control sobre los habitantes de este oasis democrático en el que vivimos y ello nos lleva irremisiblemente a la instauración de regímenes cada vez más autocráticos, con el riesgo de que surja algún mesías nacionalista que provoque una escalada totalitaria. Los movimientos ultraderechistas son cada vez más poderosos y mejor aceptados por la opinión pública, convirtiéndose poco a poco en adalides de la libertad. Libertad de robar; libertad de prohibir; libertad de privatizar; libertad de censurar… No hay palabra más profanada que la libertad.

Por todo ello y esperando a que Portugal nos vuelva a dar los doce puntos en el festival de esta semana, me gusta escuchar las canciones que cada país presenta, porque creo que no solo nosotros pasamos vergüenza cuando canta el representante propio. En el fondo, Eurovisión es un canto a la vergüenza ajena, a reírnos de nosotros mismos y al olvido de la realidad que nos abruma, rodeados como estamos de frentes de guerra. Solo falta que gane Australia…

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios