La Rayuela
Lola Quero
Una ratonera ferroviaria
El ir acumulando años es un camino que pasa inexorablemente por la nostalgia. Los que hayan subido ya a la sexta planta saben de lo que hablo y los que están de camino se enterarán así que lleguen. El accidente de los dos trenes de alta velocidad en Adamuz provoca en cualquier ser humano digno de ese nombre sentimientos de dolor, de consternación e incluso de rabia. Pero a los que nos tocó conocer los inicios del AVE nos produce también una enorme nostalgia. Perdonarán la digresión personal en una columna en la que no es nada frecuente. Por razones profesionales la década de los noventa la viví en Madrid con visitas a Sevilla de puentes y fines de semana. Me hice usuario del AVE desde la misma semana de su inauguración con una frecuencia tal que me permitió hacer bastantes viajes de forma gratuita gracias a la acumulación de trayectos.
Desde la misma llegada a Atocha o a Santa Justa se notaba que aquello era otra cosa. Sobre todo, si te había tocado conocer la Atocha de antes de la Expo y la estación de Plaza de Armas, en Sevilla, de donde partía a las once de la noche el expreso que te depositaba, con suerte, en Madrid poco después de la ocho de la mañana del día siguiente. Sí, aquello era nuevo, limpio, moderno, la atención por parte del personal era exquisita tanto en las estaciones como en los trenes. El trayecto duraba menos de dos horas y media e incluso había un tren que no paraba en Córdoba, el de las ocho de la mañana que lo cubría en apenas dos horas y diez minutos.
No era especialmente barato, pero sí más que el avión y, desde luego, mucho más cómodo. No es nada extraño que los vuelos entre Sevilla y Madrid empezaran pronto a vaciarse y las frecuencias del AVE a multiplicarse.
El AVE funcionó en aquellos años, una vez que fueron quedando atrás la Expo y los Juegos de Barcelona, como el símbolo de una España capaz de afrontar con éxito los retos de la modernidad y de ponerlos al servicio de la gente. Los sevillanos tuvimos la suerte de disfrutarlo en primera fila. Cosa extraña, que no se ha vuelto a repetir. Luego pasó lo que pasó y comenzó la deriva que nos ha llevado a donde estamos ahora. Pero sirva este pequeño relato para dejar constancia, a lo Romero Murube, de los AVE que perdimos y que no volverán. Pura nostalgia.
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