Confabulario
Manuel Gregorio González
Una buena noticia
La desclasificación de los papeles del 23-F tiene un viso político indudable, cuya intención, suponemos, es la de distraer al electorado de la actualidad más vertiginosa y menos memorable del Ejecutivo, al tiempo que se arroja cierta sombra sobre los protagonistas de aquel episodio. Y en concreto sobre la corona, dadas las relaciones, no muy fluidas, que han existido entre el presidente del Gobierno y el jefe del Estado. Lo cierto, sin embargo, es que este revival golpista quizá sirva para lo contrario; esto es, para avalorar la magnitud y el riesgo del proceso democrático español, que entonces llega a una de sus cimas, y para subrayar la importancia del Rey en aquellos sucesos, hoy muy someramente ceñidos a la tríada glosada por Javier Cercas en Anatomía de un instante.
Ayer, Luis Sánchez-Moliní recelaba en estas páginas del carácter chusco y episódico al que se ha querido reducir el golpe de Tejero –como luego hemos insistido en el ridículo golpismo del procés–, ignorando acaso su verdadera magnitud. Por fortuna, los disparos al aire en el Congreso desacreditaron para mucho tiempo (hasta octubre de 2017) cualquier intentona golpista. Lo cual ha facilitado, en sentido inverso, que algunos de los personajes cruciales de aquella hora, febrero y 1981, vean disuelto su perfil en ese nimbo grotesco. Si Torcuato Fernández-Miranda, asturiano brillantísimo, fue la inteligencia legislativa que habilitó la ruptura con el régimen; en la urdimbre del 23-F es el comandante José Luis Cortina, jefe operativo de la AOME, quien se halla en el centro de una compleja malla, en la que se hacen coincidir, y fracasar, distintos planes golpistas. El espía Cortina, personaje fascinante y equívoco, resultó absuelto por falta de pruebas en el juicio de Campamento. No así la larga y enigmática paciencia del general Armada, cultivador de camelias, y partícipe de unos hechos urgidos, en buena parte, por la intensa campaña de asesinatos de ETA, cuya finalidad era malograr la naciente democracia española, y en la que don Arnaldo Otegi hacía ya méritos como secuestrador.
Un buen conocimiento, pues, de la intrahistoria del 23-F revelará, necesariamente, dos evidencias: la dramática conquista de la democracia, con un elevado número de víctimas, y la extraordinaria lejanía que nos separa de una España que no es, felizmente, la nuestra.
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