The End

28 de febrero 2026 - 08:00

Cuando se cierra un cine se acaba parte de nuestra película; esa en la que alguna vez fuimos protagonistas y de la que recordamos solo fotogramas dispersos en nuestra memoria. Dirigida por Tornatore, nuestra vida fue un remanso de buenas intenciones, gamberradas, ilusiones, besos, manos entrelazadas, risas y llantos al abrigo de la oscuridad y de un haz de luz lleno de historias. Pero cuando se cierra un cine solo quedan trozos de celuloide por el suelo de nuestros sentimientos y una capa de polvo sobre las butacas de nuestra conciencia.

Aquellas salas donde se entraba con el recogimiento de quien pisa suelo sacro, dejando atrás las penas propias a través de las ajenas. Donde las cabezas molestaban y hablar estaba mal visto. Aquellas cajas donde todos éramos el gato de Schrödinger; ni vivos ni muertos, sino solo espectadores…

Allí, más allá del mundo que nos amenazaba, nos rodeaban los sueños y los desenlaces felices. Nos sentíamos héroes al traspasar sus puertas después de haber asistido a algo tan mágico como real. Sin lugar a dudas, el cine nos hizo mejores y nos convenció para seguir adelante en nuestro propio guion con tal de saber si, al final, éramos los buenos o moríamos en el intento.

Varios fueron los cines de Jaén a los que asistí en mis tiempos de actor principal de mis días, pues ahora ya solo aspiro a ser actor de reparto de mi propia decadencia. El primero que pisé fue el Asuán; allí lloré cuando E.T. dejó nuestro planeta… Aún recuerdo su taquilla, sus escaleras y la mano de mi tía Rosario, que fue una segunda madre para mí, que no me soltaba mientras yo entraba en aquella nave con la boca abierta y los ojos sedientos de aventuras. Los multicines Avenida fueron otros donde pasé momentos inolvidables; de Roger Rabbit a la Lista de Schindler, su ambigú fue testigo de mis primeras cervezas… En los cines Alkázar luché al lado de William Wallace y me sentí libre por primera vez… Todos ellos fueron cerrando uno detrás de otro y mis hijos jamás los conocieron, para desgracia de su futuro. Mis hijos tampoco conocieron los salones recreativos, otros templos donde jugando nos hicimos adultos a golpe de cinco duros.

Antes hubo otros cines que yo tampoco conocí, como el cine España o el Lis Palace… Y qué decir de los cines de verano: Rosales, Trianón, Cinema Victoria, San Lorenzo… De estos viejos santuarios solo resiste el Darymelia, que dejó de ser cine para convertirse en teatro. Quizá el cierre del emblemático cine Cervantes fue el que más nos dolió a los jaencianos, porque con su pérdida se revivió lo que ya sucediera décadas atrás con el precioso teatro de su mismo nombre y casi idéntica ubicación.

Esta pérdida constante, trágica e irreparable del patrimonio cinematográfico en Jaén ha sumado una nueva víctima esta semana con el apagado de luces definitivo de los multicines La Loma, el cine del Pryca… Corren nuevos tiempos para el negocio de la gran pantalla y ya no hay lugar para los acomodadores del alma. Ahora el dinero no lo da la cartelera sino el menú y, donde antes uno se evadía, ahora solo engorda. Lamentablemente, cuando un cine cierra muere parte de nosotros y nuestras ciudades se vuelven un poco más oscuras. Unas ciudades que, tras esa última escena que supone apagar el proyector para siempre, funden a negro la cultura local. Así pues, que cada uno de nosotros asumamos nuestra parte de culpa por no evitarlo, porque nuestro nombre aparecerá para siempre en los títulos de crédito de este drama. Por desgracia, esta película ya la hemos visto antes..

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