Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Sin responsables
La madre naturaleza es pródiga en ejemplos que vienen al pelo, 'ad hoc' que diría el estudiado. El PP andaluz muta, a la par que el nacional, en su relación con VOX, porque la pujanza de ‘los nuevos verdes’ no sólo está tasada en su vigor demoscópico, sino también en el argumentario desinhibido a pie de calle. Está la formación de Abascal en estado de gracia, viven de la desafección local y europea, se permiten el lujo de salir de gobiernos sin coste alguno, su líder devora a cargos intermedios como Saturno a sus hijos y, ahora, estudia algoritmos europeos para explorar vías que no los lleven a morir de éxito, tal y como lo hicieron otras formaciones que hoy son residuales o que, directamente, desaparecieron de España.
En este sentido, anda el PP más perdido que Abascal en un encuentro vegano y atenazado por la pulsión natural de su propia supervivencia, dado el antecedente cercano y ‘lampedusiano’ de Extremadura y la hecatombe de aquel pacto valenciano de 2023 entre aquel cantarín Mazón y aquel VOX que dejó al PP sin tocar el poder nacional y melancólico perdido, como si fuera un personaje de una canción de Perales.
Miopía política de un líder a medio cocer, dijeron los populares más recalcitrantes de aquel Feijóo que les dejó con la miel en los labios. Hoy, ya sin gafas, y está por ver si con la vista y el olfato político más focalizado, se encuentra con un escenario muy similar y el calendario electoral le aprieta en Aragón y Andalucía, tanto como a nosotros la cuesta de enero.
Ya no se descartan caminos y todo es plausible hasta que utilicen la ‘vía ferrata’ socialista de pactar con enemigos de toda la vida, como hizo Sánchez con la izquierda abertzale heredera de Bildu o con los independentistas de derechas de Junts y hacerlo, eso sí, un minuto después de verbalizar tajante que ese escenario era imposible.
Pero teme el PP, no obstante, que si confunde la estrategia acabe por alzar a su escisión más exitosa a la cima del poder absoluto, nacional se entiende. En este sentido, no quiere ser hormiga carpintera y acabar ‘zombi’ por ese hongo que es capaz de controlar su sistema nervioso, obligándola a trepar rauda a lo más alto de la planta donde habita y allí morder una hoja para morir exhausta. Es allí, en todo lo alto, donde el hongo brota de la cabeza de la hormiga para liberar esporas e infectar, en un ciclo cruel y virtuoso, al resto de hormigas que laboran ajenas a la escaramuza darwiniana.
Es 'El hombre y la Tierra' de Félix Rodríguez de la Fuente, en episodio microscópico y político.
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