Del Gran Eje a la Alameda
José Luis Marín Weil
Tardará en nacer
EL mundo que conocíamos se desvanece. El ataque de Donald Trump en Venezuela y sus planes para comprar o invadir Groenlandia no son extravagancias: son señales inequívocas de una ruptura con el sistema internacional que nació tras la II Guerra Mundial. Ese orden, construido sobre normas, consensos y organismos multilaterales, colapsa ante la aplicación sin complejos de la ley del más fuerte.
Trump no disimula: impone sus intereses por encima de cualquier principio de legalidad internacional. La intervención en Venezuela, aunque haya depuesto a un dictador execrable, y la pretensión de anexionar Groenlandia como si fuera un activo inmobiliario, revelan una visión geopolítica que reduce la soberanía a una cuestión negociable. El mensaje es tan claro como rudo: quien tiene poder, decide. Y quien no, se resigna.
La Unión Europea observa con impotencia. Su arquitectura política, diseñada para la cooperación y el diálogo, se muestra frágil frente a un liderazgo que desprecia los equilibrios globales. ¿Qué puede hacer Bruselas ante unos EEUU que actúan sin pedir permiso ni a su Congreso? Las respuestas son escasas y las dudas, enormes. Porque no se trata sólo de Trump: se trata de un cambio de paradigma del que otros actores –China o Rusia– también quieren sacar tajada.
El riesgo es evidente: si las normas dejan de importar, el mundo entrará en una era de transacciones brutales, donde la fuerza sustituirá al derecho. Y en ese escenario, Europa corre el peligro de convertirse en un espectador irrelevante. La historia ofrece un contraste inquietante: el orden de posguerra fue un pacto para evitar que la fuerza dictara las reglas.
¿Hay margen para frenar esta deriva? Sí, pero exige algo que Europa ha evitado durante demasiado tiempo: poder real. No basta con declaraciones solemnes ni con sanciones simbólicas. Hace falta una política exterior que hable con una sola voz, una defensa común que permita disuasión y una autonomía estratégica que reduzca la dependencia en energía, tecnología y finanzas. Sin esos pilares, la UE seguirá atrapada en la retórica mientras otros imponen hechos.
Así que la pregunta incómoda persiste: ¿realmente se puede hacer algo para parar a Trump? Sólo si Europa deja de confiar en que las reglas se sostienen por sí solas y empieza a actuar como jugador, no como árbitro. Porque este nuevo mundo —tan terrorífico como real— no espera a nadie. Y porque la fuerza que no se contrarresta termina siendo derecho.
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