Gafas de cerca
Tacho Rufino
Viva Páramo
Supe por este periódico que habían estrenado la segunda temporada de la serie Las gotas de Dios y que en el primer episodio hablaban del jerez y de Sanlúcar de Barrameda; corrí a verla. Qué chasco.
La primera temporada es extraordinaria. De la segunda sólo he visto el primer episodio y ya no voy a ver más, salvo que alguien me convenza con argumentos extremadamente bien armados. Aquella seguía fielmente el manga Kami no Shizuku, de Tadashi Agi. Esta, engolosinada por el éxito, estira el chicle sin el talento del escritor, que se echa muchísimo de menos.
Vayamos a lo que nos duele: al oloroso viejo. En la primera temporada, dedicada a los vinos mejores, ya notamos la falta del jerez. Era una ausencia impensable hace cincuenta años, pero es que el mundo se ha venido bastante abajo. Por lo mismo, tuve la oportunidad de sugerir a sir Roger Scruton que reparase esa ausencia inconcebible en su delicioso ensayo Bebo luego existo. Me contestó que, si uno quiere comprender y disfrutar una denominación de origen, hay que tener con ella una relación conyugal, sin permitirse infidelidades ni aventuras. Él estaba indisolublemente unido (o solublemente) al burdeos tinto y al borgoña blanco. Las cuentas me salían bígamas, pero no objeté, porque a las metáforas de los maestros no se le ponen pegas matemáticas.
La serie, en cambio, ha sido infiel con el jerez. Nada más aparecer el protagonista en la bodega se encuentra a un chavea bailando flamenco con una camisa de lunares y mucho zapateado. Es raro, y más raro aún cuando te enteras de que es el hijo del bodeguero. ¿Podríamos ir a peor? Sí. Prueban el oloroso viejo de la casa, que tiene una pinta extraordinaria, y apenas les llama la atención el sabor salino. Es la albariza, dicen. Y ea, se van a ver el tinto secreto que de verdad enorgullece al propietario. Rarísimo.
Qué mala suerte tiene el jerez en la filmografía actual. Lo matan a tópicos. La serie La Templanza no la vi, pero mi mujer tuvo que ponérsela en inglés porque no podía sufrir el andaluz impostado de la versión española.
Siempre nos quedarán los vinos y las bodegas. La Templanza se rodó en Lustau y, en Las gotas de Dios, la belleza de la bodega Hidalgo-La Gitana –donde se filmó la escena– es incontestable y contagiosa. Por eso sí que hay que brindar (con oloroso viejo).
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