De la política a la Política

10 de marzo 2026 - 10:42

Está claro que el título no es una redundancia, sino toda una declaración de intenciones. Tal vez quien prosiga con esta lectura se forme pronto una idea de la ingenuidad que reside en mi reflexión o, incluso, juzgue lo que sigue como una visión idealizada y pueril. Quizá haya otros lectores que se dejen llevar por esa inercia que suele conducirnos hacia aquello que despierta nuestra curiosidad. Pero ojalá algunos —aunque sean los menos— lean estas líneas porque saben que la Política, así con mayúscula, denota una realidad esencial que atesora siglos de sabiduría.

En cualquiera de los casos, mi deseo —animado por mi vocación como docente de Filosofía— es reflexionar críticamente sobre la manipulación y la decadencia de una disciplina que, en su origen, posee la virtud que sostiene a todo arte cuando es verdadero.

Quien ha tenido la fortuna de recibir una educación digna recordará que fue Platón el primero en definir la política como una technē: un arte que pretende producir un resultado útil. Para él, el político era un tejedor social; aquel capaz de entrelazar las distintas tendencias de sus conciudadanos para lograr una tela resistente que diera abrigo a la polis. Pero, a su vez, el político era quien custodiaba la verdad para conducir a la comunidad hacia la virtud.

Sería su discípulo, Aristóteles, quien afinara aún más este sentido convirtiéndola en la "ciencia suprema". Para él, la Política coordina todas las demás esferas —la economía, la estrategia, la retórica— pues su fin último es el más elevado: la felicidad de la comunidad (eudaimonia). No se trataba del ejercicio del mando, sino del arte de organizar la convivencia para que cada individuo alcanzara su propia excelencia.

Al contrastar este legado con la política polarizada de nuestros días, advertimos con dolor que hemos extraviado su sentido original. Nuestra política habita una decadencia que no es sino el reflejo de una educación que ha dimitido de su propósito.

Me sigue asombrando que, en pleno siglo XXI, rodeados de logros tecnológicos inauditos, sigamos anclados en una mediocridad que no somos capaces de advertir y, mucho menos, de nombrar. ¿Dónde hemos sepultado la transformación profunda del ser humano que conlleva el cultivo de las Humanidades? ¿Dónde hemos depositado los valores del diálogo donde germinaron la libertad, la igualdad y la fraternidad? ¿Aún no hemos aprendido que a la Verdad solo se accede integrando las verdades parciales de cada uno? ¿Todavía creemos que la Verdad es posesión exclusiva de una persona, un partido o una nación? A la Verdad sólo podemos llegar caminando todos juntos.

Quizá me tilden de iluso, de soñador o de incurable idealista; pero la esperanza es el único motor de mis palabras. Una esperanza volcada en lo profundamente humano, y no en la expresión de esa decadencia egóica de quienes solo saben situarse frente al otro o sobre el otro. El otro nunca, bajo ninguna circunstancia, es alguien ajeno a mí; es inmensamente mayor el vínculo que nos une que la extraña ficción que hemos construido para alejarnos y convertirnos en extraños.

Disculpe el lector si solo le ofrezco palabras que buscan el asombro y la inspiración. Son, sencillamente, la respiración necesaria para no sucumbir; el aire que nos permite seguir existiendo frente a la voluntad de aquellos que han decidido convertir el mundo en un territorio sitiado por el temor.

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