Ildefonso Ruiz
El retrato de la decadencia
Pocas veces una imagen ha servido para retratar una época. Pocas veces un retrato es más un símbolo, o una parábola en el que lo que representa la imagen dice mucho más que el propio retrato en sí mismo. Me refiero, como no puede ser de otra forma a la foto institucional que la Casa del Rey publicó del tren de Adamuz. Una fotografía tan poco afortunada en el contexto como terriblemente acertada cuando se trata de reflejar una realidad; la decadencia moral, social e institucional de un país.
De un lado, un tren descarrilado, desvencijado y convertido en un amasijo de hierros. Un ataúd gigantesco de 200 metros de longitud yaciendo sobre las vías cordobesas. Del otro lado, como un pesebre, los representantes de los poderes públicos. Todos con gesto institucional perfectamente estudiado. De rutina de desgracia. De otro día más en la oficina. “Las caras, Juan. Grábales las caras” decía la mítica escena de “Aquí no hay quien viva”. Y las caras y los gestos con las que aparecen nuestros dignatarios son el retrato perfecto de un estado de ánimo. Es sin duda, la foto del año.
Porque si tuviéramos que poner un título a esa foto, yo elegiría “La decadencia”. Porque lo que transmite esa foto es esa sensación; la de un país decadente en el que cualquier tiempo pasado parece mejor. El AVE, símbolo de modernidad, bandera del progreso de la nación, marca España muerto sobre las vías y nuestros representantes políticos, todos alineados para dar el pésame al fallecido. Como cuando se va a “cumplir” al entierro del familiar de un conocido. Muerta la particular versión cañí de nuestro sueño americano.
La foto retrata mucho más que unos personajes sombríos junto a un tren convertido en chatarra. La foto es el vivo retrato de que la época en el que nos ilusionaba pensar que la clase política se dedicaba a gestionar y a administrar nuestros recursos. Una época que ha tocado a su fin. Y en esta nueva era, los poderes públicos solo hacen eso; posar con gesto grave, lanzar mensajes perfectamente estudiados, que son calcados de anteriores desgracias; se asegura la máxima asunción responsabilidades, se anuncian comités y comisiones que depurarán responsabilidades. Se prometen ayudas. Se solidariza con las víctimas y afectados. Da igual que sea un apagón, una riada, un incendio forestal o un tren que descarrila por una vía agujereada. Lo importante es aparentar tener la situación controlada.
La decadencia de este país, incluso de la sociedad occidental no viene tanto porque no haya recursos para mantener el estilo de vida, sino por cómo estos son administrados por nuestros políticos durante años. El Gobierno pudo elegir entre invertir en un correcto mantenimiento de las vías del tren por donde circulan los trenes de alta velocidad o regalar bonos de viajes sin límites por 60€ para viajar en ellos. Y mientras para el mantenimiento de una saturada red de alta velocidad, deficitaria por la absurda carrera de querer tener un AVE en cada pueblo, invertía menos de 500 millones de euros, el Gobierno sacaba pecho de haber destinado más de 1.300 millones a financiar el abono único de transporte.
Porque la prioridad no es el mantenimiento ni la modernización. La prioridad es el voto. Da más votos montarte en el AVE a coste de abono de bus urbano que realizar una inversión en mantenimiento. Y en esto, todos parecen estar más o menos de acuerdo; es más fácil comprar con los recursos voluntades, que tener unas infraestructuras decentes, dignas y sin peligro para la ciudadanía. Da igual que sea un apagón. Da igual que sea el cauce de un río. Da igual que sea un tren.
¿Qué posibilidades había de que se desbordase el Barranco del Poyo? ¿Qué probabilidades había de que el sistema eléctrico del país se fuera a 0? ¿Quién puede prever una grieta de 30 cm en una vía de Alta Velocidad? Se sustituyen especialistas formados, capaces de anticipar estos riesgos, por exconcejales, cuñados, asesores que aplauden sumisamente la decisión del político de turno. No hay disidencia técnica. Todo fluye según el relato que marca la agenda política.
Y así se construyen gigantescos monstruos de cargos inocuos, sin más curriculum que la militancia en el partido, que parasitan las instituciones públicas. Un monstruo al que alimentar y del que nuestros representantes sacan pecho con manidos eslóganes recurrentes; “hemos hecho la mayor inversión de la historia” “estamos hablando en términos de inversión récord”. Pero no se trata de inversión, sino de mantenimiento. No de mantenimiento de infraestructuras de país, sino de infraestructuras de poder.
Y el resultado es la decadencia total. Un país donde cada vez el sueldo más común es el salario mínimo. Un país en el que las clases medias están más en peligro de extinción que el Lince Ibérico. Un país en el que el sector público y el tamaño del Estado engordan a la misma velocidad que languidece el sector productivo. Un país donde la meritocracia es sustituida por cupos, por favores a pagar o a deber y por lealtades adquiridas.
Y aunque la decadencia de un país no es un fenómeno repentino, sus consecuencias si aparecen de forma súbita; un día todo es normal y al siguiente, España entera está a oscuras sin que te acierten a decir que ha pasado en realidad. Un día vienes en tren de pasar un fin de semana con tu familia en Madrid y de repente te encuentras dando tumbos entre amasijos de hierros a 300 km/h.
La imagen de la decadencia es esa. Un gesto estudiado, un mensaje políticamente correcto mientras alrededor todo se desmorona como un castillo de naipes. No hay preocupación. No hay urgencia. No hay responsabilidad. No hay respuesta. Solo eso, una pose, una foto, un relato, un nuevo mensaje viejo. Las caras, Juan. Grábales las caras.
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