La tribuna

Nuestro mundo de ayer

Nuestro mundo de ayer
Rosell
Fernando Castillo
- Escritor

Quizás nuestro mundo, el de los nacidos con la Guerra Fría, todavía no haya experimentado un cambio tan intenso como el anterior a 1914 que describió Stefan Zweig en sus citadísimas memorias, pero lo que es indudable es que la realidad de Europa y del mundo surgido tras el final de la URSS, ha sufrido una transformación radical en este siglo XXI. En estos días los acontecimientos sucedidos con la intervención de Estados Unidos en Venezuela, una nueva aplicación de la política de la cañonera en América que avala la Doctrina Monroe y que repite lo ocurrido en la isla de Granada, Panamá, bahía de Cochinos, Guatemala o México en 1916, y sobre todo con la más novedosa pretensión trumpiana de proceder al Anschluss de Groenlandia, han rematado los restos del mundo surgido con la Carta de Naciones Unidas que ya había herido de muerte la invasión rusa de Crimea y luego de Ucrania. En esta situación en la que desde 2014 la fuerza ha vuelto al primer plano de las relaciones internacionales no solo para la resolución de conflictos sino también para la satisfacción de aspiraciones nacionales, la primera víctima, además de una ONU que recuerda cada vez más a la Sociedad de Naciones, ha sido Europa, sumida en la indecisión y sufriendo los envites de movimientos contrarios a su unidad. Lo que hasta ahora se creía inamovible, la OTAN y el llamado paraguas americano que sustentaba el llamado vínculo trasatlántico, si no ha muerto tras el reembarco de Normandía de 2025, ciertamente se encuentra muy mal. A lo mejor no hace falta que Washington haga algún movimiento en Groenlandia o que Putin ataque Estonia o Letonia para comprobar la falacia de ese artículo 5º tan invocado y tan improbablemente aplicado en caso de necesidad. Más o menos como sucedió en 1974 con la guerra entre dos miembros de la Alianza como Grecia y Turquía a causa de otra isla, Chipre.

Frente a Putin, quien ha recuperado las pretensiones imperiales de una Rusia dispuesta a invadir a sus vecinos con los mismos métodos empleados por el Ejército Rojo, y ante quien desde la Casa Blanca protagoniza amenazantes y descalificadoras ruedas de prensa que, con esa gesticulación y esas contorsiones, recuerdan a los discursos de un Hitler senil y sin correaje, la Unión Europea se encuentra quizás ante el momento más crítico desde su aparición. Y esto sucede cuando no existen líderes distinguibles, sino unas caricaturas de dirigentes que no se sabe qué defienden, y en el momento en el que han surgido grupos que, abducidos y alimentados por los modelos populistas que encarnan las dos amenazas, sostienen un discurso antieuropeo.

Sin que ninguna iniciativa garantice ningún acierto, el futuro de Europa como entidad soberana e independiente capaz de hacer frente a amenazas sean del Este o del Oeste, pasa por el firme camino hacia una unión política y financiera y por el establecimiento en condiciones de igualdad de medios para mantener una política exterior y de defensa común que garantice la seguridad y la forma de vida europeas. Dos iniciativas que llevará decenios aplicarlas pero que, sin ellas, el futuro será de nuevo la división del continente y la caída en esferas de influencias ajenas a Europa. Como ya supo ver en la década de los veinte el austriaco Richard Coudenhove-Kalergi, creador del paneuropeísmo, ninguna potencia europea tiene capacidad para imponerse al resto, ni para subsistir de manera individual en un mundo en el que las exigencias de seguridad son cada vez más elevadas. Ahora, en este mundo tripolar, quizás sea necesario un gesto de realpolitik, y Europa, además de encaminarse a alcanzar una unidad efectiva y una política de defensa común y eficaz, debería de emprender un acercamiento a otras potencias, sin desdeñar a nadie, que pueda limitar estas nuevas amenazas y compensar la pérdida de aliados. De todas formas, la necesidad es mala consejera, y lamentablemente Europa está ahora muy necesitada de unidad, de seguridad y de estabilidad.

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