La colmena
Magdalena Trillo
¿‘Tradwives’?
No sabía ni que existiera el término. Tradwives. Lo he descubierto estos días buceando en la campaña del Ministerio de Igualdad para el 8M: “Mujeres de alto valor. No dejaremos que el pasado avance”, con Ángela Molina sosteniendo la mirada. Y detrás, una alerta: algo se está moviendo en el imaginario femenino, especialmente en las redes.
Tradwife es la abreviatura de traditional wife: esa mujer que reivindica un modelo de esposa y madre dedicada en exclusiva al hogar, dependiente económicamente y orgullosa de asumir roles clásicos. “Puras, fieles y sumisas”; delantales impecables, tartas perfectas y bebés sonrientes. Hasta aquí, cada cual organiza su vida como quiere. La libertad también incluye elegir el hogar. El problema no es la decisión individual, sino el envoltorio ideológico que la acompaña y la convierte en aspiración colectiva.
Porque no hablamos solo de estética vintage. Hablamos de una narrativa que romantiza la desigualdad y la presenta como empoderamiento. Que llama “alto valor” a la adaptación estratégica a un modelo donde el poder sigue teniendo género. Y todo ello amplificado por algoritmos que premian lo perfecto, lo aspiracional, lo polarizante. El patriarcado no siempre grita: ahora susurra entre filtros. Ha mutado. Y seduce.
A veces pienso en la iconografía que nos ha acompañado. En la distopía de El cuento de la criada, donde los retrocesos llegan envueltos en discursos de orden, y en aquel “We Can Do It!” que convirtió a Rosie the Riveter en símbolo inesperado de mujeres ocupando fábricas y espacio público. Entre una y otra imagen cabe todo un siglo de avances y tensiones. Por eso inquieta que el regreso a roles rígidos se presente hoy como tendencia cool con filtro sepia. No es moralismo: es conciencia del relato que estamos normalizando.
Pero por respeto al 8M, a todas las mujeres y hombres que antes que nosotras lucharon por la igualdad, quiero cerrar con una imagen distinta a la túnica roja disciplinada y al puño aislado en un cartel. Me quedo en la colmena. Ese trabajo paciente, colectivo, casi invisible, que construye futuro sin necesidad de viralidad. Frente al escaparate de vidas perfectas, hay un hormiguero cultural de creadoras, activistas y proyectos comunitarios que amplían horizontes sin estridencias. La historia no avanza en línea recta. A veces retrocede, a veces se reconfigura. Pero cada 8M la colmena vuelve a activarse. Y eso, sin filtros ni nostalgias impostadas, sigue siendo profundamente transformador. Eso quiero pensar.
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