Con tanto que se sulfuran algunos con esa pamema de las rivalidades provinciales, sepan que la actual división administrativa del país es de ayer por la mañana. Ni doscientos años tiene la creación de las provincias actuales de Cádiz, Huelva y Sevilla. Desde que el rey santo, Fernando III entrara en la capital sevillana en 1248 hasta la división territorial de 1833, hablamos de seis siglos, sin tener en cuenta lo anterior a la nueva etapa cristiana, el reino de Sevilla se extendía desde la actual provincia hasta Ayamonte, el sur de Badajoz, en Cádiz pertenecían al Reino, Jerez, Arcos, Medina Sidonia, hasta Antequera en Málaga. Con raíces por tanto andalusíes y castellanas, el Reino de Sevilla estuvo vinculado a la Corona de Castilla durante siglos.
Viene este repaso histórico no a que me haya dado un siroco de locura política, ni de reclamación de antiguos territorios, solo faltaría eso para levantar los ánimos de los que dan la matraca habitual con lo del centralismo sevillano y tal, y menos en tiempos de carnavales, ojú el de la luz. Simplemente les propongo un juego de recreación gastronómica. Imaginen una macro provincia o región con los productos de las costas de Cádiz y Huelva, los vinos de Jerez de la Frontera, Arcos, el Condado de Huelva y Sevilla, los ibéricos, la caza y las setas de la sierra de Aracena, el sur de Badajoz, la Sierra Norte de Sevilla, la ganadería retinta, la huerta de la Campiña sevillana, del Andévalo de Huelva, las de Chipiona y Rota (cuando quitemos la base americana), los aceites de oliva, un paraíso alimentario que, valga la redundancia, podría alimentar una potente industria transformadora que exportara sus productos a todo el mundo. Un destino turístico inigualable, con ciudades y pueblos con un patrimonio artístico excepcional, playas y sierras. Un puente entre Europa, África y América. Hay quien dirá que eso ya existe y se llama Andalucía, pero permítanme que disienta. Lamentablemente las tensiones oriente-occidente y el desapego de ambas partes de la región la hacen poco operativa y, realmente, yo al menos me siento más identificado con la provincia de Badajoz que con Almería, por ejemplo.
No olviden que esto no es más que un juego. Pero ya que Trump sueña con anexionarse Canadá, Groenlandia y vaya usted a saber qué cosas más, yo me permito pensar en la reinstauración de ese Reino de Sevilla que sí que podría ser, como dijo aquel dirigente socialista, la California de Europa. Y ya de paso reestructurar todo el mapa de España y acabar con los despropósitos del actual régimen de autonomías, tan dañino para el avance de España como nación integradora de todos sus ciudadanos, educados en la igualdad y con la libertad, otra también perdida, de trabajar en cualquier lugar de su país. Con una misma sanidad pública, una enseñanza en la misma lengua y unos servicios que no dependan de la inoperancia y capricho de los políticos locales de turno.
Imperialismo sevillano, colonialismo “sevillita” (que diría mi amigo Pepe Ferrer, ese extraordinario embajador de los vinos generosos del Marco de Jerez). Muy bien, pero déjenme soñar con esa Sevilla amplia, extensa, rica, bien gestionada, con maravillosas comarcas llenas de sabrosos productos que abastecerían una espléndida red de bares para tapear y restaurantes para comer. Y con el tiempo, reclamamos Córdoba y el Algarve, hala. Por cierto, dentro de aquel Reino de Sevilla también entraba Gibraltar.