Una de las costumbres de las empresas españolas es venderlas a la tercera o incluso la segunda generación, y más si son rentables. Quien se crio en la opulencia conquistada por su antecesor suele carecer del cuajo de este y solo ansía el habitual dinerito contante. Todos conocemos casos. La Europa norteña es una mijita distinta. Y Alemania, más. Suele aplicarse una dura disciplina al heredero, que acaba implicándose en la empresa y en el orgullo de su continuidad. Ejemplo de lo primero acaba de ser la firma Freixenet, absorbida por un ejemplo de lo segundo, la próspera empresa vinatera alemana Henkell, que incluso distribuye en Alemania y Austria los caldos de una conocida bodega jerezana.
Annelies Henkell, rica heredera del emporio germánico, se casó en el año veintitantos del pasado siglo con un chico no mal parecido y un pelín soso, el noble, culto y políglota Joachim von Ribbentrop, negociante de champanes y espumosos, quien así daba lo que se llama un magnífico braguetazo. Pese a su aspecto algo melifluo, Ribbentrop fue un eficacísimo gestor de exteriores para el III Reich, y a él se deben las negociaciones para que la militarización de Renania fuera consentida por Inglaterra, así como las gestiones para el Anchluss, la unificación de Austria y Alemania, también tolerada a regañadientes por ingleses y británicos. Pero lo que le haría pasar a fondo a la historia sería su gestión con la URSS del que se llamó pacto Ribbentrop-Molotov, ministros de exteriores de ambas potencias. El reparto de Polonia estaba sellado, pero con el inconveniente de que Rusia se lanzó a por su tajada 17 días más tarde que Alemania, debido a que tuvo que liquidar antes su guerra en Manchuria contra Japón. De haber sido la invasión unísona, pueden estar seguros de que Francia e Inglaterra no habrían declarado la guerra a los dos aliados a la vez. Y es sabido que ya lanzada Rusia sobre su presa polaca, Inglaterra y Francia proclamaron farisaicamente que era una invasión muy diferente a la alemana –causa de la guerra– porque lo ruso era invadir a una nación ya invadida. Con un par.
Es también sabido que Ribbentrop intentó escapar y por poco lo consigue. Pero fue al fin cazado y juzgado en Nuremberg. Condenado a la horca por los oficialmente recién creados delitos de Crímenes de Guerra, Crímenes contra la Paz y Crímenes contra la Humanidad, el ex ministro fue ejecutado en la prisión de Nuremberg y posteriormente llevado su cuerpo a uno de los hornos crematorios del campo de Dachau, cerca de Munich, donde se había incinerado a tantos inocentes. Las cenizas del diplomático nazi fueron arrojadas al río Isar, así como las de los demás ejecutados en el proceso.
En cuanto a Annelies Henkell, vivió hasta 1973, recuperando no poco del patrimonio familiar tras la guerra, en beneficio suyo y de los cinco hijos que tuvo con Joachim. Por cierto que el mayor de ellos, Rudolf, murió en 2019, a los 98 años, tras haber pertenecido a las SS, haber sido herido varias veces en combate y premiado con dos cruces de hierro. De los otros cuatro hermanos no hemos podido recabar datos, aunque es probable que alguno haya tenido descendencia y siga en la firma que fundó Adam Henkell a mediados del siglo XIX. Firma que de haber sido al revés los patrones que comentábamos al principio, ahora habría sido absorbida al cien por cien por Freixenet, como ha ocurrido a la contra en Cataluña. Y en este momento, en Wiesbaden, sede de la empresa matriz, seguro que están brindando con una copa de Henkell Trocken, el espumoso principal de la casa, un vino bastante baratito y no malo del todo, mientras que en la sede de Freixenet, por sus muchos pecados, les debe de saber amargo el cava que descorchen, mientras los inexistentes ojos glaucos de Von Ribbentrop estarán observando desde la nada el triunfo no ya de un país, sino de un estilo de vida y de empresa que él representó en sus pacíficos y prósperos años, antes de meterse en líos.