Ese cepillo de la Soledad

11 de marzo 2026 - 03:08

Alo largo del año, no sólo por cuaresma, suelo leer una y otra vez lo que dice el cepillo de la caridad de la Virgen de la Soledad en su capilla de San Lorenzo. “En este cepillo tu ofrenda a la Caridad. Si no puedes nada, nada. Si puedes poco, poco. Si puedes mucho, mucho. Nada más que Dios, la Virgen y tú lo podéis saber. De todas formas, que Dios te lo pague y que la Santísima Virgen de la Soledad te lo premie”. Ni descifrando el psicoanálisis de Freud en una tarde, ni repasando los divertidos diálogos de Woody Allen con Diane Keaton, ni rebuscando añoranzas en Los años irreparables de Rafael Montesinos, sabría yo explicar por qué este cepillo de la Soledad, con esas letras escritas en alta, tiene para mí esa mezcla piadosa como de melancolía, reconcomio y consuelo.

No sólo me gusta leerlo por inercia tras un paseo dado al buen tuntún una tarde cualquiera del año, con la iglesia ya abierta o durante la misa. Pudiera ser que la ofrenda a la caridad de la Soledad te recuerda que también el paso del tiempo te llama a dejar tu ofrenda y te hace pensar en el óbolo que quieres o puedes depositar. Y uno, frente al cepillo, se pone a recordar a San Pablo (sin caridad y amor todo te falta) y a hacer a la vez como inventario de la vida que pasa o que casi ha pasado ya, la tuya misma, con su nada, su poco o su mucho. Es como si uno, escindido entre el amor y la vergüenza, ejerciera la caridad consigo mismo al depositar su monedilla en el cepillo, pero pensando también, cual ofrenda añadida, en lo que ha de agradecerle a la vida en nada, en poco o en mucho. Nadie, es verdad, ha de saberlo más que Dios presente en lo oculto, la Virgen vestida ahora de hebrea por cuaresma y tú, el gran misterio que probablemente desconoces.

No sé si mi reencuentro con el cepillo de la capilla de la Soledad tendrá algo que ver con las nostalgias del llamado calendario íntimo que ciertos sevillanos dicen sentir a lo largo del año. Nada hay más cargante que ese sevillano refocilado en la torrija sentimental de su propia ciudad. Yo mismo podría ser uno de ellos, igual que tantas veces hay quien se mete con los relativistas sevillanos ajenos al canon de las esencias y entre los que me hallo en modo pasivo y sin molestar. Mi ofrenda ahora a la caridad ante la Soledad de San Lorenzo se parece a la moneda aquella en pesetas de mi primera vez. Dejó de acuñarse. Hoy vale nada, poco o mucho.

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