Cuchillo sin filo
Francisco Correal
Silogismo en bárbara
Sólo son cuatro palabras: No a la guerra. Las contó Pedro Sánchez. Yo tenía un profesor de Filosofía que nos enseñó en qué consistía el silogismo en bárbara. Es una variante atravesada de la regla de tres que se podría enunciar así: si yo digo No a la Guerra, los que no me apoyen, incluso los que no me voten, son partidarios de la guerra. ¿Quién en su sano juicio lo puede ser? Independientemente de que, como decía Edward G. Robinson en la película de John Ford Otoño cheyenne, “hay hombres peores que la guerra”.
No a la Guerra. Un No que es un Sí a la guerra, a la de enfrentar a los españoles, al guerracivilismo, a levantar muros contra la concordia. El hombre que se alimentaba de monosílabos (Trump, Vox) ha encontrado en este conflicto un nuevo balón de oxígeno con el que ocultar las vergüenzas patrias. Pedro Sánchez es el pequeño saltamontes de Rodríguez Zapatero, que ha salido al rescate para presentarlo como un nuevo Metternich o Konrad Adenauer de la política internacional.
Zapatero habrá sentido una ola de nostalgia con el regreso de las pancartas de No a la Guerra a las calles y a los mítines. Es el único presidente del Gobierno que ha ejercido dos mandatos aunque sólo ganara unas elecciones. Las del 14 de marzo de 2004 no las ganó nadie. Nadie las gana con 191 cadáveres, el saldo de los atentados de tres días antes, el 11-M del que hoy se cumplen 22 años. Ganó en buena lid las segundas. En las primeras las encuestas le daban la mayoría absoluta a Rajoy, que tuvo que esperar siete años. Todos perdimos esas elecciones, como todos perdieron la guerra civil aunque no le gustara el título de esas jornadas a un párvulo con ínfulas al que le gusta más la boina de Baroja que la de Josep Pla. “Es una vergüenza ganar la guerra”. Son las últimas palabras de la novela La piel, de Curzio Malaparte.
El espanto de los trenes de Cercanías ya ha cumplido 22 años. Cuatro Adamuzes. Nadie debería profanar ese angustioso episodio. En su libro ¡Matadlos!, Fernando Reinares narra al detalle la cronología de aquella masacre: la reunión en diciembre de 2001, tres meses después del 11-S, en Karachi (Pakistán) de Amer Azizi y Abdelatif Mourafik, dos marroquíes que se habían conocido unos meses antes en unos campos de entrenamiento para yihadistas en Afganistán. En febrero de 2002 vuelven a verse en Estanbul para planificar los atentados de Casablanca de 2003 y de Madrid de 2004. Contra los que usan esos atentados como una relación causa-efecto de la alineación de Aznar con sus aliados exteriores, Reinares recuerda que cuando se reúnen en Karachi “faltaban un año y tres meses para que, el 20 de marzo de 2003, cayeran las primeras bombas sobre Bagdad”.
Los terroristas consiguieron dos objetivos que recuerda el autor del libro: el primero, dar un vuelco a los resultados electorales; el segundo, en palabras de Reinares, “presentaron el 11-M como un éxito alegando el posterior retorno de los soldados españoles que habían sido enviados a Irak”. Sánchez resucita el No a la Guerra y manda la fragata Cristóbal Colón, de oficio descubridor, a Chipre. Donde acabó la carrera de Javier Clemente como seleccionador nacional.
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