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Tiempo habrá para valorarla en su conjunto, pero a juzgar por el primer volumen de la biografía que el escritor y traductor Ernesto Hernández Busto, afincado en Barcelona desde finales de los noventa, ha dedicado a su compatriota José Lezama Lima, puede decirse ya que se trata de una obra destinada a perdurar y que su eco, no en vano hablamos del mayor autor cubano de su siglo, resonará en todo el mundo de habla española. Publicada por Pre-Textos, esta primera entrega está dedicada a los años de formación y contiene un recuento de los antecedentes familiares en el marco de la historia y la cultura cubanas del último tercio del XIX, ineludible, dice el biógrafo, para entender la figura de Lezama, prestando especial atención a las estancias en la isla de tres escritores fundamentales en su imaginario: Federico García Lorca, Juan Ramón Jiménez y María Zambrano. El recorrido aborda de momento la prehistoria literaria, anterior a los años de la revista Orígenes, por él fundada y que dio nombre a su generación, y por tanto a la publicación de la mayoría de sus libros de poemas, de ensayos tan influyentes como La expresión americana o de su novela Paradiso, una absoluta obra maestra. Todo lo que se cuenta, sin embargo, arroja luz sobre un hombre singularísimo que fue también un escritor excepcional, con merecida fama de complejo y difícil, un raro al que Hernández Busto, que conoce bien la estirpe de los antimodernos, sitúa en una línea ajena a las vanguardias, pero no afín al tradicionalismo reaccionario. Tendremos que esperar al volumen tercero de la biografía para leer su análisis de las relaciones entre Lezama y la Revolución, que como muchos otros artistas e intelectuales recibió con elogios. Desde una especie de misticismo nacionalista y asumiendo lo que tenía de gesta mesiánica, interpretada de acuerdo con la peculiar mitología de su sistema poético, Lezama apoyó activamente al nuevo régimen, pero se fue distanciando hasta caer en el descrédito –definitivo tras el caso Padilla– de las autoridades de la dictadura. Censurado y proscrito en sus últimos años, el poeta fue rehabilitado y reutilizado póstumamente por la oficialidad, pero los entonces jóvenes como Hernández Busto, nacido en el 68, intentaron evitar que hicieran con Lezama, apunta aquel muy gráficamente, lo que antes habían hecho con Martí. Ojalá su biografía, que rescata no sólo al gran escritor sino al “personaje de un mundo perdido”, se lea en la isla cuando los jóvenes de ahora puedan ser definitivamente libres.
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