La ciudad y los días
Carlos Colón
Un ratón en Groenlandia
El disgusto que tengo es enorme. Y lo malo es que se trata de un desconsuelo prorrogado, iniciado un año antes y prolongado en esta quincena del nuevo año que llevamos vivido.
Por estas fechas hace ahora un año y por una cuestión preventiva no corrí la San Antón. El frío de enero me dejó la garganta estrangulada, la voz como la del muñeco de Rockefeller y los mocos – como diría mi padre- me los podía quitar con unos alicates.
Me puse “muy malico”, que es literalmente como estar casi para morirse. Así que a mi pesar, pero con dorsal y mochila ya recogida, en el último momento me quedé sin correr la San Antón.
Este año, en cambio, me quedo sin correr la San Antón porque me he quedado sin dorsal desde el primer momento. Y no precisamente por cipotón.
Me dejé literalmente los ojos ante la pantalla del portátil, el Ipad y el Smartphone viendo cargar, actualizar, recalcular y reajustar el formulario de inscripción y la plataforma de pago. Se me fueron las horas, casi tres, en un intento infructuoso por no quedarme sin revivir por enero esa sensación de plena libertad que esta noche nos regala a ritmo de zapatilla, con esa mezcla del frío del invierno, las luces de Navidad aún alumbrando nuestras calles y el fuego de las lumbres y las antorchas prendiendo a nuestro paso.
Quise aférrame a la segunda oportunidad y ni aún así pude. Mi historia es la misma de tantos que el sábado, como Don Tancredo, verán la San Antón pasar ante sus ojos subiendo y bajando las calles de nuestro Jaén.
Y cuando la noche de San Antón se lleva tan dentro, duele quedarse fuera. Porque correr esta carrera para muchos no es sólo una cuestión de primero de jaenerismo sino también la puesta a punto de nuestro propio autoestima, haciendo cierto si se completan sus diez kilómetros esa frase muy de Mr.Wonderful que viene a decirnos “Lo único imposible es aquello que no intentas”.
Habrá que volver a esperar un año entero para intentar volver a correr por las calles de nuestra ciudad al llegar este momento. Porque sinceramente, me niego a creer que pueda costar más hacerse con un dorsal de la San Antón después de toda una vida corriéndola que conseguir una entrada para ver a José Tomás en Jaén la única vez que muchos lo iban a ver en su vida aquí. Y esto último me resultó más fácil.
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