El parqué
Jornada de caídas generales
Hace tres años rotulaba así este rincón de artículos cuaresmales. Ya no hay que explicar qué es la intemperie, lo ha hecho Grazalema, rebosando todavía, o la tragedia de Adamuz, o la dana. Asomados tras el visillo a vendavales que sacudían lo más cotidiano de nuestros días, vimos reflejada nuestra fragilidad. Pero ni así para nuestra cabeza, que sigue construyendo sueños y organizando agendas a semana vista, convencida de controlarlo todo. Hasta que un árbol cae sobre nuestros planes perfectos. Este es nuestro combate: pretender dominarlo todo sin querer reconocernos vulnerables.
Recibimos esta lección de vida al inicio de la Cuaresma, cuando otra vez escribiremos de vísperas, de preparación interior y exterior para los días grandes. Las convocatorias, los olores y los ritos nos encaminan hacia la conmemoración de este misterio. Antes, la ceniza nos ha invitado a volver al origen de todo, que está representado en nuestras imágenes: el poder redentor del amor de Jesucristo, encarnado en un absoluto desvalimiento que se entrega por todos clavado sobre la intemperie del mundo.
Así llegará la Semana Santa, celebración grandiosa y quebradiza, que necesita ser tratada con suma delicadeza. Aunque a veces parece que no nos importara, como si creyéramos que los excesos no la afectan, o que alterar su esencia no la desfigura. Podemos seguir pensando que no pasa nada, que da igual que nos mueva la devoción, la afición, o incluso una mera ficción, porque está fuerte y aguanta cualquier zamarreo. “¿Desarbolarse una fiesta tan grande? Mira, eso es tan imposible como que se caigan las azucenas de la Giralda”.
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