Solo Él. Y bastaba

13 de marzo 2026 - 03:09

Decía ayer, comentando la nota doctrinal El corazón habla al corazón sobre la deriva religiosa del “emotivismo” posmoderno que se despliega, sobre todo, pero no solo, en las redes, que las hermandades no le son ajenas al desarrollar estrategias que buscan atraer multitudes excitando respuestas emocionales superficiales. Parece que no basta el poder de la imagen sagrada, que va camino de convertirse en un elemento más del espectáculo en vez de ser la protagonista absoluta a la que todo debe ordenarse. Las formas más exageradas de llevar los pasos y las músicas más estruendosas –técnicamente perfectas, artísticamente indigentes– provocan respuestas emocionales tan básicas como aquello que las excita. Y se pierde lo fundamental.

Les pongo un ejemplo, hoy que es viernes del Señor. Siendo lo que son para mí el Señor del Silencio en el Desprecio de Herodes echándoseme encima desde la proa de su barco al son de Silencio Blanco, el oro y el fuego del Amor bajando por Chapineros y Álvarez Quintero, el Cautivo, tan dramáticamente solo sobre su paso, tan conmovedoramente acompañado tras él, Nuestro Padre Jesús Nazareno con la Cruz al Hombro tendiendo su mano, Jesús Nazareno navegando en la Madrugada clavándoseme en el corazón el escalofrío de las saetillas, el salmo suspenso que es el Cristo del Calvario y la Esperanza única de los mortales que en calle Feria anticipa la Pascua a la mañana del Viernes Santo, por citar solo las mías, nada he visto tan emocionante, tan verdadero y tan auténtico, en lo que llevamos de siglo XXI, como el Señor del Gran Poder desembocando en el inmenso y callado océano de miradas, de lágrimas, de oraciones, de respeto, que llenaba la ronda del Tamarguillo cuando fue a los Tres Barrios. Ni paso, ni música, ni racheo. Solo Él. Y bastaba.

Este es el fundamento de la Semana Santa. Nadie lo ha expresado mejor que Romero Murube: “El sevillano, que ha metido, por medio de la cofradía, a Dios en su vida más vulgar y cotidiana, que lo lleva en la cartera, y lo tiene en la tienda del barrio, y en la esquina de la calle, tiene hacia divinidad un respeto matizado por una sublime familiaridad que solo puede nacer a través de la cofradía”. Dios, cotidianidad, respeto, familiaridad. De esto, no de otras cosas, va la Semana Santa.

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