La ciudad y los días
Carlos Colón
Solo Él. Y bastaba
Habrán pasado por delante seguro en multitud de ocasiones. El edificio, con fachada señorial, original del siglo XIX, lógicamente reformado con el tiempo, perteneció en su día al arquitecto Romualdo Jiménez Carlés, según me cuenta mi amigo el también arquitecto Pedro Mena. En los últimos tiempos fue la vivienda de la familia Ruiz Frutos amén de uno de los lugares más importantes de la Sevilla sixties. Hablo del número 6 de la calle Otumba, primera sede de la compañía de teatro Esperpento allá por 1968. Años antes había hecho las veces de local de ensayo de los Pipe Smokers, uno de los mejores grupos de rock que tenía entonces la ciudad. La culpa de toda esta confluencia la tuvieron dos hermanos, Justo y José María Ruiz Frutos, el primero operando a través del teatro y el segundo a través de la música pop. Juntos lo pusieron todo a prueba en 1966, estrenando en el Palacio de San Telmo, entonces sede del Seminario Metropolitano, un montaje teatral insólito para la época y el lugar: Patatas fritas a voluntad, cántico antimilitarista con lucha de clases de fondo, obra del angry young Arnold Wesker. Sobre el escenario, en algunas escenas, pudo verse a los Pipe Smokers tocando en directo, mucho años antes de que Esperpento incorporara a Smash en algunas de sus representaciones de Antígona.
Sirva la recuperación de este episodio singular de nuestra contracultura para honrar la figura de José María Ruiz Frutos, fallecido recientemente, uno de los sevillanos más fascinantes del período, con quien tuve la suerte de charlar en extenso sobre sus locos años de juventud, no solo al frente de los Pipe Smokers sino también luego (y sobre todo) con los Gongs, grupo del que sería expulsado por los motivos que fuera. De Torremolinos se había traído a una despampanante go-gó americana y lo dejó todo por ella. Me habló así de sus viajes, los físicos y los de la mente, por Ibiza y por Ketama. Al poco, de hecho, se haría musulmán y abrazaría la religión islámica. Antes de aquello, en 1968, vivió en Londres una temporada y pudo ver en acción a sus admirados Pink Floyd, todavía en su etapa psicodélica, entre otros tantos grandes grupos del momento. Nunca perdió su amor por la música. Recordaba todos los discos que había comprado en la tienda de Vivas Hermanos que tan cerca le cogía del número 6 de la calle Otumba, donde todo empezó y donde todo terminó. La última vez que pasé por delante de su vieja casa familiar, vi el edificio en venta anunciando una nueva promoción
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