La ciudad y los días
Carlos Colón
Solo Él. Y bastaba
De entre los cartelitos en bares y comercios –género literario del que soy voraz lectora– me pirran los que niegan. “No se hacen fotocopias”, “No tocar el género”, “Prohibido el cante”, “No aceptamos tarjeta”, “No tenemos caracoles”. La de veces que le habrán preguntado al tío por caracoles para clavar, cual Lutero sus tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg, el cartel. Estos avisos tienen algo de malajismo, pero también de hospitalario. Son indicios de barrio, de lo que va quedando de barrio en los barrios.
En los céntricos, cada vez van quedando menos sitios donde hacer fotocopias o pillar un litro. Dirán que ya no imprimimos ni fotocopiamos tanto, y que la ausencia de desavíos la compensan tantos supermercados exprés. Donde vivo queda una copistería, con más cola para imprimir que la Magdalena para casarse. Allí, he visto a una señora pedir una fotocopia del patuco que acaba de tricotar, campar apuntes de oposiciones, octavillas, papeletas, copias a color de todos los cristos y vírgenes. La temperatura de un lugar ya no se toma en sus lonjas, pues también han sido gentrificadas a base de esos que no saben dónde está la plaza de abastos de su barrio, pero que cuando viajan les encanta visitar los mercados. (Les arrancaría del sobaco el suplemento El viajero para asestarles un viajerazo). La temperatura de los barrios se toma en las ferreterías, las droguerías y en Frutería Pili, reparto a domicilio.
Antes de ponerme a entonar el muy hispalense ubi sunt, por lo que hemos perdido o permitido que nos pierdan, reconozco –junto a ustedes– que los lugares mutan. Me niego a realizar una foto fija e idealizada de Sevilla, a partir de la que cualquier cambio –de un bar por una sucursal bancaria que años después será un bar– es sinónimo de traición. La clave está en saber qué motivos e intereses hacen mutar la ciudad, si los comunes y propios, o los particulares y ajenos. Los primeros forjan ciudadanos, los segundos, consumidores y consumidos. Cambiar no siempre es mejorar. Dejar de hacerlo, tampoco. Hoy en nuestros barrios encontramos centros de meditación, locales donde se juntan las vecinas a coser, tienditas donde comprar queso de cachapa, vino de Toro, carne halal o capirotes. Pero también bares donde nunca más, franquicias de pamplinas, minimarkets replicados aquí y en Estambul, y el mismo centro urbano, como fotocopiado, en cada ciudad donde ya no se hacen fotocopias
También te puede interesar
La ciudad y los días
Carlos Colón
Solo Él. Y bastaba
Obra maestra
Fran G. Matute
Otumba, 6
Quizás
Mikel Lejarza
Recordando al teniente coronel Bill Kilgore
La lluvia en Sevilla
Carmen Camacho
No se hacen fotocopias
Lo último
EDITORIAL
Subida de precios: ¿bajada de impuestos?
Dios, a la intemperie
El primer nazareno
Enérgica decisión