La boina y el cartel

28 de enero 2026 - 03:08

No me gusta el título de las jornadas: 1936: la guerra que todos perdimos. No por puntillosa, sino porque en esa frase cabe una trampa cómoda: la de no mirar demasiado de cerca quién dio el golpe, quién ganó, quién perdió… y quién tuvo que callarse durante décadas. Sin voz, sin justicia y sin relato.

Tampoco me veo compartiendo cartel con el ex presidente Aznar y el cofundador de Vox, Espinosa de los Monteros: no siempre es fácil conjugar pluralidad y diversidad de voces con la comodidad personal y, justo por ello, entiendo la decisión (revuelo incluido) del escritor David Uclés y el líder de IU Antonio Maíllo de no participar en la edición de este año de Letras en Sevilla.

Pero hay algo que me inquieta: la escena; la performance. Que la renuncia circule primero en modo viral, que las explicaciones lleguen después, que todo se ordene en ese lenguaje de redes donde cada gesto parece diseñado para su propia foto. Uclés, además, está en su propia ola (boina incluida) y, en estos tiempos, el éxito también te convierte en símbolo, quieras o no.

Pareciera que se intercambian los papeles. Uclés me recuerda al joven Pérez-Reverte, antes de convertirse en institución, cuando entendió que polemizar no era solo hablar: era construir un personaje. En su caso, el polemista del exabrupto que te despacha con un “a la mierda”. Hoy es Reverte quien organiza el ciclo y apela al compromiso; el ring ya es otro, la plaza digital y sus peleas en vertical; pero los mecanismos se repiten: demasiada impostura.

Asumámoslo. Después del negro de la dictadura, nos prometieron una esfera pública abierta y plural pero seguimos siendo sombras en la caverna: burbujas impermeables, fidelidades de trinchera, miedo a salirse del guion. Es lo que Noelle-Neumann llamó “espiral del silencio” (cuando temes el aislamiento, acabas callándote) pero es también el efecto perverso de la cultura de la cancelación (cuando no es sino pereza a enfrentarte a quien está en las antípodas).

Quizá por eso, aunque el título me incomode y el cartel me chirríe, me habría gustado que existiera un espacio donde escuchar (sin poses) voces sólidas y contrapuestas. Siempre he estado convencida de que vivir en democracia requiere convicción y principios, sí, pero también esfuerzo: bajar un peldaño el volumen, mover la silla y quedarse un rato más… Hasta que la batalla dialéctica deje paso, al menos, a una conversación posible. Sin trincheras. Y eso, a veces, es más difícil que ponerse una boina o bajarse de un cartel.

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