Caos

04 de marzo 2026 - 03:09

Cierto médico portugués, de nombre Ricardo Reis –que era monárquico y neopagano y epicúreo y que nunca existió–, escribió un poema en el que reflexionaba sobre lo poco que sabemos, y que nos ha llegado gracias a la gentileza de su amigo y discípulo Fernando Pessoa: “Nada se sabe, todo se imagina. / Rodéate de rosas, ama, bebe / y calla. Lo demás es nada”. Estos versos de alguien que nunca existió me rondan por la cabeza ahora mismo cuando pienso en lo que está pasando en Oriente Medio. ¿Sabe alguien realmente lo que está ocurriendo? ¿Tiene alguien un plan? ¿O es todo un juego peligrosísimo a ver quién es más poderoso y más atrevido y más machote? Es terrorífico saber que al frente de la operación se halla un tipo tan megalómano y tan irresponsable como Donald Trump, ese niño malcriado que disfruta destrozando las cosas que otros han construido y que él odia por envidia o por simple resentimiento o por pura maldad. ¿Es consciente de lo que hace? ¿Sabe hasta dónde puede llevarnos? ¿Tiene idea de que las cosas que se inician de forma imprevista y atrabiliaria y por puro capricho pueden terminar de una forma muy distinta a como habíamos previsto? Todo indica que no.

El régimen de los ayatolás es una dictadura siniestra –y esto debería saberlo cualquier persona con dos dedos de frente–, que además ha financiado generosamente todos los movimientos políticos y todos los grupúsculos antisistema que odian a Occidente –pregúntenle a Pablo Iglesias–, pero esta clase de ataques indiscriminados puede llevarnos a donde nadie quiere realmente llegar. El inicio de la Primera Guerra Mundial sucedió así, por decisiones irresponsables que todo el mundo sabía que eran irresponsables pero que se tomaban por orgullo y por cabezonería, y sobre todo porque los implicados imaginaban que al final el proceso se detendría justo a tiempo. Pues no, el proceso no se detuvo, y cuando los líderes políticos y los cancilleres y los emperadores se dieron cuenta, ya tenían a sus tropas desfilando hacia el frente. Stefan Zweig lo cuenta muy bien en El mundo de ayer.

Pero nosotros, los pobres diablos que no pintamos nada, nada podemos hacer y nada podemos cambiar. Lo único que nos queda, como decía el sabio Ricardo Reis que nunca existió, es rodearnos de rosas. Y amar y beber. Y callar.

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